Prueba y error: dos noches con una banda independiente de Monterrey

por Isabel Villarreal

Prueba

Dave estaba sentado a la orilla de la puerta a las 7:30pm exactas. Tranquilo, a la sombra de una noche temprana en el Barrio Antiguo, no se podían ver sus tenis converse brillantes, recién comprados, ni tampoco se podía esperar el movimiento rápido de sus dedos por el largo cuello de una guitarra eléctrica. Fumaba un cigarro mientras esperaba que llegara el otro, que le abrieran la puerta para entrar.

“Me harté de estar pensando ‘quiero sonar a algo’”, dijo. Hablaba de Mockinpott, la banda que había armado junto con Charli, su novia Nohemí y Rafa bajo el sello independiente de Nene Records. El estilo que han conformado es bastante ecléctico: una mezcla de new wave, con rítmicas dance punk, aderezado con sintetizadores como de circo. La joven banda, al igual que otras similares, había comenzado a pintar su futuro promisorio a un año de haberse formado: recientemente fueron denominados los ganadores del tercer lugar del Festival de Rock de San Nicolás, organizado por el gobierno municipal.

En la esquina de la cuadra se veía a Mou que buscaba con la mirada. Él tenía las llaves. Abrió la puerta del edificio, subir hasta el tercer piso. Una segunda puerta, de rejas, en la entrada al pasillo donde recibía una pintura de una muchacha fashion de uno de los vecinos artistas. La tercera puerta fue la vencida: el cuarto, acaso de unos 5 por 5 metros bañados en un tono crema, estaba cubierto por cuadros de esponja para amortiguar el sonido de las bandas.

Mockinpott y Ruidos en el Techo son las dos agrupaciones que se reúnen en ese cuarto ubicado en un edificio de varios pisos en la esquina de Mina con Morelos. Un integrante en común: Charli, encargado de sintetizadores, voz y batería. Se las arreglan para pagar la renta del lugar entre los seis y un colaborador, saliendo a unos 200 pesos por cabeza.

Los otros tres de Mockinpott y un amigo, Óscar, llegaron al poco tiempo después. En el suelo del cuarto quedaba claro que colindaban personas de gustos diversos: tres maniquís, una caguama, una calavera de plástico, una batería armada y otra no, una bolsa de tostadas, dos sillas, un banco y una bean bag, y un montón de cables enredados alrededor de sus pies. Y en el gran ventanal al norte del cuarto, un anuncio de una cabeza con audífonos. Avisaba previsoramente “Peligro, proteja sus oídos”.

Al centro del lugar, una impecable laptop blanca. Una iBook, que Mou usaría para mezclar y masterizar las canciones de la banda.

Con la ayuda de la tecnología, se ahorraban el uso de las mezcladoras para grabar sus canciones demo. El sintetizador Kawai se conectaba a la interfase de audio (un Firepod, un aparatito largo y plateado), y luego del Firepod a la laptop. El resto era tocar hasta que fuera perfecto como para grabarlo.

En la sesión del martes en particular acabarían de grabar los sintetizadores de las canciones, por lo que sería un día enfocado solamente a Charli. Son siete rolas las que Mockinpott buscaba terminar para lo que sería su primer producción. Un disco todavía sin nombre, que sería la primera carta de presentación formal de los muchachos. Se les llama demo, como disco de demostración, a las grabaciones independientes de bandas en formación, para presentar las ideas originales de un grupo de rock. Tiendas de discos como MusicLab o hasta Mix-up permiten distribuir este tipo de discos, así como puntos de reunión en la escena underground como el Mercado Fundadores.

Mockinpott comparte la ciudad con al menos otras 150 bandas de su estilo, formadas tanto por músicos profesionales como por jóvenes ávidos de aprender. Estas bandas, repartidas por todo el Área Metropolitana llegan a coincidir en espacios. El Café Iguana, por ejemplo, antro rockero por excelencia, con más de 15 años de antigüedad, se ha convertido en uno de los hitos para las bandas pequeñas, la meta que aspiran alcanzar a nivel local.

Pero los muchachos en cuestión todavía no llegan ahí. Mockinpott tiene menos de diez tocadas en las que han participado en los meses que llevan juntos. Con excepción del baterista, todos ya tienen años de estar en la escena local del rock. Cuando Nohemí afina su bajo negro sentada en el amplificador se le distingue una familiaridad con el instrumento de años. Ya había tocado con Charli en Valkiria, mientras que Dave estaba con los Taladro Supremo, entre otras agrupaciones durante su adolescencia.

Como Mockinpott, han tenido la oportunidad de abrir a bandas medianas como los Fancy Free en el concierto que dieron en junio en esta ciudad. Entonces, de lejos se veían un poco más nerviosos. Todavía no encontraban al baterista y amigos les hacían el favor de ensayar con ellos en lo que definían el puesto. Rafa llegó luego de probar a varios amigos, entre ellos, bateristas de otras bandas. Apenas empezar a conformar el estilo, la idea, el mismo nombre.

Durante dos horas Charli grabó sus dos sintetizadores retro: el Davolisint (con el que regularmente lleva la melodía de la música) y el Kawai (para arreglos). El resto de los chicos jugaban y se reían mientras él trataba de sacar una secuencia difícil de notas. En un gesto de seriedad, optó por los audífonos: necesitaba concentración para grabar “Camila”. Después de 5 o 6 intentos, finalmente interpretó su parte como debía ser.

“Se imprime”, dijo Mou, con la certeza de un trabajo terminado.

Una vuelta a todo antes de irse, dijeron. En dos días se habrían de presentar en un evento de unos amigos. En sus cinco, el cigarro sostenido entre las cuerdas del bajo, el cabello en la cara, y con una baqueta rota, la música surgía con fuerza sin dejar de ser divertida. Sentimientos que se encontraban entre la tristeza de la guitarra de Dave y las melodías juguetonas de Charli.

Ya raspaban las 11 y todos estaban cansados de la larga sesión. Pero con la llegada de Alfredo, excompañero de Charli en su banda Primates, la grabación se convirtió en un jam entre amigos. Esa noche fresca no tenían intenciones de salir, de volver al mundo del trabajo de siempre.

Error

Por la lluvia, la fiesta fue suspendida en la terraza y tuvieron que moverla a un lugar cerrado. Un piso más abajo, para ser exactos: el tercero piso del edificio en la esquina de Mina y Morelos. Lugar familiar. Con pequeñas velas encendidas que guiaban a través de los escalones, lúgubre augurio del Día de Muertos, se trazaba el camino hacia el pasillo: los cuatro cuartos abiertos, donde se amontonaban una irracional cantidad de personas entre unas pocas luces.

La invitación del evento prometía una exposición de arte por parte de Object Not Found, la presentación de la revista independiente Vuélvete Underground, y también la intervención de cinco bandas locales: Black Forest, Yeyo Moroder, Pierre & Marie Curie, Los Llamarada y Mockinpott. Había algo de riesgo de llamar la atención de la policía que circulaba constantemente por el Barrio Antiguo ese jueves.

La gente se movía de un lado para el otro chocando entre sí. En la mesa, las botellas vacías y los refrescos al suelo. La cerveza se había acabado muy rápido: a las 10 de la noche la gente estaba desesperada. La oscuridad no dejaba ver la suciedad del lugar. Rockeros y sus novias entraban y salían con bolsas de plástico con provisiones para hacer su propio ambiente. Nadie desaprovecharía un piso vacío.

En los días previos al evento, se había batallado en conseguir el sonido para las bandas. Los chicos de Mockinpott estaban indecisos acerca de si iban a tener suficientes amplificados de calidad decente para poder tocar. Rentar un equipo de sonido costaba entre mil y mil 500 pesos que los organizadores se habían negado a pagar.

Como era una fiesta, y no un evento donde se pedía cooperación para la entrada, no había muchas posibilidades de invertir y recuperar. El equipo que estaba en la fiesta había sido armado entre amigos –la misma batería roja que se había visto en el ensayo– y su rendimiento máximo no era muy bueno. No mucho podían hacer los invitados musicales: tocar así o no tocar. Y una tocada sin buen sonido puede llegar ser peor que no presentarse.

A pesar de la tensión que tenían las bandas rockeras, el ambiente se relajaba conforme pasaba la noche. Unos vestigios de música fantasma crecían de un cuarto, entre el murmullo de la gente. El baño permanentemente ocupado.

A las 12:30 de la noche, los ruidosos Llamarada empezaron a desconectar sus instrumentos. Nohemí y Dave entraron con sus respectivos pesos, y Rafa se acomodó en la batería. Innecesarios roces con los presentes de la fiesta, un golpe con la guitarra celeste de Dave. Se habían estado escondiendo en el cuarto de ensayo en lo que llegaba su turno.

Alguien preguntó “¿Dónde está Charli?”, cuando el chico entraba cargando sus dos instrumentos. Vestía una chamarra naranja y parecía más serio que de costumbre. El pie de los sintetizadores cayó en un acto medio torpe, sin dañarse. En unos cuantos minutos Mockinpott estaba listo.

Con unos teclados “Hezbollah” fue la primera con la que asestaron el golpe. Sus canciones para entonces ya eran familiares para algunos entre el público, que movían los brazos o intentaban bailar al ritmo de la canción. A pesar de ser muy ruidosos, siempre conservan ese impulso y punch para hacer bailar a quienes escuchaban.

Unas treinta personas cabían en el cuarto oscuro de al fondo del pasillo. El cabello pelirrojo de Nohemí no se distinguía, tampoco el rojo intenso de la batería. Siguió “Confetti”, con un ligero titubeo en los sintes. Sin embargo, el sonido se nublaba por la mala calidad de los amplificadores. Un sonido gris, sin matices, que a veces lograba ser tapado con la fuerza e intensidad con la que tocaban los instrumentos. Y las caras de los muchachos de concentración.

“Japón 4” fue la tercera canción, conocida entre los cercanos por ser la que distribuyen a través de su MySpace. Cantada por Charli, es una de las canciones que pintan para ser sencillo. Solos bajo y batería con el ritmo, que llamaban a temblar con ellos.

“Hotel Roosevelt” para Herla, dijo Nohemí. Ella cantando una breve historia: “Suena, llama, el teléfono. ¿Eres tú, Ralph?”, en aquel lugar de mala muerte del centro de Monterrey. Una canción de reclamo, de una llamada por teléfono. Nohemí convertida en toda una riot girl, con una furia escondida en la garganta. Melodía más lenta que las demás, y también con muy mala vibra. Una guitarra sostenida creando tensión el cuarto, Dave concentrado en hacer sentir a la gente.

Un par de curiosos que se asomaban al cuarto para ver qué era ese ruido que envolvía todas las conversaciones. Ese era parte del problema: que lo que tocaban caía en el ámbito de ruido. El esfuerzo que hacían era contagiar al público de las melodías por encima de la calidad del equipo. De la acústica del cuarto. Del murmullo sordo de los presentes.

Al grito de “¡Camila!, ¡Camila!” tocaron la quinta canción de los Mockinpott, una de las pedidas por el público. Nombre de mujer, gritos orgásmicos que rebotaban intactas en el público con mayor fuerzas que en el cuarto de estudio. Luego su canción más rápida, aún sin nombre, pero que le apodan “la metalera”.

Un Dave que se desgajaba a gritos y Rafa, en control completo de la batería, a punto de romperla. Viéndolos tocar, sin conocerlos, sus ocupaciones no daban a lugar. Traductor, maestro de secundaria y dos asistentes de la Casa de los Títeres. Y el tiempo invertido en la música.

Mockinpott finalizó su participación con “Herr Professor”, con un ritmo más guapachoso, pero que explotaba al final en puro ruido. Y a pesar de lo pegajoso de sus canciones, algunos se atrevían a permanecer con caras largas, con alguna reacción esporádica, semidormidos.

Cuando acabaron, entre “uuh” y aplausos apagados, los cuatro muchachos empezaron a desconectar los instrumentos. La velada, a las jóvenes una y media de la mañana, se había terminado. Pronto comenzarían a desalojar para seguir con la fiesta privada, pero sin invitar a los rockeros. Rocío, la dueña de uno de los cuartos, contaría después que la policía se había acercado amenazando con multar por el ruido. El lugar ya estaba fichado por ellos, por las constantes fiestas de los anteriores inquilinos, y el miedo finalmente saldría ganando.

El sábado en un evento sin nombre. Pasaría como otra tocada organizada porque sí, por artistas con motivos diluidos, no músicos, apenas soportable. Cómo cambia el sonido de un cuarto a otro, se quedaría la idea al aire. Para Mockinpott será una experiencia y no un examen, con un dejo de tiempos mejores y mejores ambientes para tocar.

3 respuestas a Prueba y error: dos noches con una banda independiente de Monterrey

  1. mou dice:

    error grande numero 1: mixup no vende demos

  2. rafael dice:

    error grande numero 2
    estar con mockinpott

  3. issa dice:

    cada vez que la leo, encuentro más horrores de redacción. me da mucha risa, jajaja.

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