Pasión por los demás

por Eugenio Richer

Luisito abrió sus grandes ojos solo para darse cuenta de que se encontraba en un pequeño pero colorido lugar al que jamás había visitado, su inocencia no le permitió conocer a fondo porqué se encontraba en aquel lugar. Era un lugar rodeado de niños sonriendo y señoras vestidas prácticamente con el mismo atuendo, formal pero sin dejar de estar muy a la moda. Desde ese día, la vida le cambió, y sin saberlo aun, pasaría ahí el resto de su corta vida, experimentando en sus últimos años de vida, unos momentos de amor, aceptación y atención como nunca antes los había vivido. Luisito fue llevado a la casa Simón de Betania, un tierno hogar que cuida a niños desahuciados enfermos de SIDA, cáncer, y tuberculosis. Fundada en 1987 por la madre Anastasia Jaramillo, la casa es atendida por religiosas de una congregación denominada “Siervas del Señor de la Misericordia” quienes felizmente la cuidan y entregan su vida por ayudar a quienes más lo necesitan.

Final Inevitable

Luisito no conocía aún lo que era tener más de 5 años de edad pero un virus mortal se encontraba ya dentro de su indefenso y frágil cuerpo desde el momento en que nació. En una situación en la que los ingresos apenas alcanzaban para conseguir alimento diario, y los costos de medicinas llegan a elevarse más de lo que uno puede contar en su imaginación (200 mil pesos al año) la madre de Luisito decidió llevarlo con la madre Ana Jaramillo. Días grises no podían enmarcar mejor el sombrío sentimiento que invadía a la madre de Luisito, quien recorrió calles empolvadas y lodosas formando prácticamente un humilde laberinto que se iluminaba al final con las coloridas paredes naranjas de la casa Simón de Betania, la nueva casa de los últimos años de Luisito.

“El recibimiento siempre es doloroso”, comenta la madre Ana, “te encariñas con los que llegan,” menciona que preferiría no recibir a más niños pero que siempre hay que tender la mano. Se sabe que habrá inevitablemente un final triste, pero de todas maneras hay que abrir el corazón, ser fuerte y sobre todo, sonreírle siempre a la vida. Incluso ahí, la salud de Luisito se deterioraba, no alcanzaba para la totalidad de las medicinas requeridas, una cantidad descomunal.

En la casa, decorada en el interior como jardín de niños con brillantes colores, imágenes de los personajes de Disney, así como pinturas hechas por los niños, pareciera que todo es felicidad, los niños no conocen de su situación, muchas veces no saben porqué están ahí, se tratan como hermanos y muchos de ellos le dicen mamá o mamita a la madre Ana. “Qué gracia, ser religiosa y aun así poder contar con tantos niños que considero como mis hijos y me entrego totalmente a su cuidado.”

Pero toda gracia tiene su lado espinoso. Poco menos de 3 años después de la llegada de Luisito, llegaron las 2 de la mañana de un día que comenzó cálido pero lentamente se volvió cada vez más frío y pesado. Solo unas cuantas luces se mantenían encendidas dentro de la ahora silenciosa casa mientras la mayoría de los niños ya dormían, cuando la madre Ana vio acercarse a Luisito. Con pequeñas lágrimas queriéndose asomar, la madre Ana comenta lo que aquella noche Luisito le dijo: “Mamita, agarra mi almohadita y mi sabanita, súbeme a la camioneta y llévame al hospital, porque yo ya me voy a morir.” Llegaron entre tropiezos al hospital, a través de un trayecto sin habla, y ya estando ahí, Luisito le dijo al doctor que por favor no dejara que se fuera su mamita. La madre Ana entró al cuarto, y fue entonces cuando escuchó las palabras más bellas de la noche: “mamita te quiero mucho,” mientras veía cómo Luisito se quitaba él mismo el oxígeno artificial y notaba cómo los signos vitales del niño, a quien entregó tod o su amor los últimos 3 años a su cuidado, lentamente se apagaban. Un ciclo que no debió terminar sino muchos años después, tenía ahora un final inevitable; triste, aun y cuando indudablemente, los mejores años de Luisito fueron aquellos que vivió dentro de la casa Simón de Betania.

Números Fríos

Las blancas y no muy altas puertas de la casa Simón de Betania ven entrar y salir a personas constantemente. Sentada en la silla del fondo de un limpio y estrecho comedor blanco, con una incansable sonrisa, la madre Ana comenta que existen meses que transcurren sin mucho movimiento mientras que otras semanas llegan a ser más tristes, puesto que llega a fallecer una o dos personas. Desde 1987, se han recibido y atendido con todo el corazón a más de 900 personas, pero solamente un 5 por ciento ha podido sanar y regresar a lo que era su vida antes de la enfermedad.

Cabe mencionar que la casa, llamada Simón de Betania, es un conjunto dos pequeñas casitas, una de ellas cuida a jóvenes y adultos y otra mucho más pequeña cuida a los niños; hablar de la casa Simón de Betania implica hablar de las dos casitas.

Volteando brevemente a ver a la madre Petra (quien junto a otras 6 religiosas cuidan la casa) caminando hacia uno de los cuartos al fondo, recuerda de memoria y sin titubear, que en la casa, alrededor del 20 por ciento de las personas han sido pacientes de tuberculosis, 25 por ciento de cáncer y 40 por ciento de SIDA, éste último en ocasiones complicado con distintas secuelas de la enfermedad o padecimientos graves similares; finalmente, el 15 por ciento de esta población han sido recibidos en estado vegetativo debido a diversas enfermedades.

Lamentablemente, los números no terminan ahí y se pueden extrapolar a niveles mucho más altos. Según la UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), en su Campaña Mundial sobre la Niñez, la Juventud y el SIDA del 2005, actualmente existen más de 2 millones de niños menores de 15 años infectados con el virus VIH en todo el mundo, más de la mitad de estos en África y una buena cantidad, casi 50 mil, en América Latina. De estos niños con SIDA, 11 mil mueren al año solamente en América Latina y medio millón en todo el mundo. Cada año se infectan o nacen 13 mil con el virus mortal en América Latina y más de 600 mil en todo el mundo. Más específicamente, y según información del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el 2005, en México, menos del uno por ciento de la población está infectada con el virus, el 90 por ciento es contagiado mediante relaciones sexuales sin protección y el 10 por ciento infectados de nacimiento. Los número son estimados y el Informe sobre la Epidemia Mundial de SIDA 2006 de la Organización de las Naciones Unidas menciona que en México existen actualmente casi 200 mil infectados con SIDA mayores de 15 años; queda poco clara la cantidad de infectados menores de 15 años. Ahí mismo se menciona que aunque el gobierno mexicano gasta casi 200 millones de dólares al año para atender a pacientes de SIDA, la cantidad no es suficiente y el esfuerzo tendrá que ser mayor para seguir ayudando a los pacientes. Los números pueden seguir y seguir, y los aquí presentados son solamente relacionados al SIDA, una de las tantas enfermedades terminales que existen.

Granito de arena

No se puede ayudar a todos y darle amor a todos, aunque se quisiera, y es por esto que la madre Ana Jaramillo decidió aportar su granito de arena a la causa y ayudar en lo que le fuera posible. Pero su misión va más allá de cuidar enfermos, se trata además de darles amor. “Me di cuenta que los enfermos sufrían más por la soledad, la falta de apoyo de su familia y el rechazo de la gente, que por su misma enfermedad.” Esto llegó a ser una razón más para darle todo el cariño posible a los pacientes que llegan a la casa Simón de Betania. Al darse cuenta de que ésta era su misión, dejó sus estudios y sueños, los cuales consistían en consolidarse como una gran diseñadora de modas, incluso llegar a niveles internacionales; logró estudios en el área antes de tomar su última decisión de salir del mundo de la moda. Se consagró totalmente al servicio de los pobres, de los más pobres, dando de ésta forma vida a éste hermoso ministerio, fundando su propia congregación de vida en comunidad, la cual recibe el nombre de Siervas del Señor de la Misericordia. Aquí hace lo que más le gusta hacer, dar amor, hacer que los pacientes se sientan queridos en un ambiente de tranquilidad e incluso alegría.

Mientras los niños juegan en el piso a los choques con carritos y las niñas se divierten con un video juego frente a una televisión más grande que muchas de ellas, la madre Ana Jaramillo finaliza al decir que se arrepiente de no haber iniciado con su misión desde años atrás, pero feliz de haberse atrevido a hacerlo. Atrevido, una vez más, a hacer lo que ahora la apasiona, trabajar por el prójimo, entregarse a los demás, sin dejar de hacer aquello con lo que también alguna vez soñó, pues mantiene a la moda a las religiosas, diseñando los hábitos que utilizan dentro de la casa Simón de Betania.

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