De elotes y canciones

por Ricardo Lyle

En una ciudad existen hechos y personajes que son el reflejo de una sociedad y de su cultura que enriquecen sus calles con cada paso que dan. Estos personajes pertenecen al folklore de la región y serán recordados con el paso de los años por su carisma y peculiaridad. Más allá de la anécdota, estos casos guardan historias complicadas y delicadas que requieren un enfoque más profundo que una simple descripción de hechos. Muchas veces hay que buscar la historia con sus personajes, ir a la raíz para así retratar de manera clara y objetiva las diferentes facetas de las personas. Es por eso que es difícil de entender que Pedro Infante, la gimnasia, los elotes y el centro de Monterrey tienen en común a un personaje. En Raúl Garza, el “elotero cantador”, convergen todas estas realidades de una u otra forma que lo han formado para ser el personaje que es públicamente y la persona que es dentro de su hogar. En este personaje se da una historia complicada desde su nacimiento hasta su realidad actual la cual ni siquiera sus amigos más cercanos conocen.
Su clásica sonrisa, de oreja a oreja, que se muestra debajo de su bigote canoso y de una cara con arrugas que rodean sus ojos, que aunque tienen un constante brillo y alegría esconden una tristeza que sólo muy de vez en cuando es demostrada por Don Raúl. Un paliacate atado a su cabeza oculta la calvicie que prematuramente llegó a la vida del “elotero cantador”; sobre este paliacate descansa un sombrero de cuero color negro, que se ha vuelto totalmente característico en su persona junto con su mandil color rojo, su motoneta que se tambalea tanto que parece que en cualquier momento se va a deshacer y donde carga la caserola con los elotes cocidos, y una grabadora con canciones de Pedro Infante a todo volumen, su altoparlante, que utiliza para “cantar los elotes” y tratar de transmitir su clásica actitud, de “sonreír, y tratar de ser feliz aunque sientas que está llevándote el tren” como dice en propio Raúl.
La colonia Florida tiene el gusto de albergar a Raúl que es vecino de ese sector desde hace 25 años. Dentro de los muros de la pequeña casa de la calle Toledo nadie imagina lo que ha sucedido durante este tiempo. Ese hogar ha recibido a las dos esposas de Don Raúl y sus dos más grandes orgullos: sus hijos. En la fachada de una casa humilde de color melón, y un pequeño ventanal, se encuentra colgado el letrero de “masajista profesional” que puede sorprender a más de uno y la sorpresa sería mucho mayor si supieran que “El elotero cantador” es el encargado de dar estos masajes.
Su casa, aunque pequeña, es acogedora y cómoda, tres recámaras, un baño, una pequeña cocina, y una sala, se encuentran en el interior del hogar, en una de las puertas un gran dibujo del hombre araña; esta puerta corresponde al cuarto del hijo de Don Raúl, José. Prácticamente en frente de este cuarto se encuentra el de su hija más grande, Ana. Por lo general, ambas puertas se encuentran cerradas, y nunca dispuestas a ser abiertas para dejar entrar a Raúl. El cuarto restante, es el del “elotero”, lleno de recortes, recuerdos y discos de pedro infante, una cama sin sábanas, o cobijas, sobre la cual se encuentra literalmente un cerro de ropa, y otras cosas que por el amontonamiento simplemente no se distinguen.

Don Raúl saca de entre todas estas cosas, su camisa, su sombrero y su paliacate; se los pone, seguido de una gran cantidad de perfume que impregna su ropa, y entre cantos con una entonación causante de envidia, llega al pasillo en donde se encuentra una imagen de la Virgen de Guadalupe para arrodillarse frente a ella, orar, persignarse y salir de su casa dispuesto a ganar el dinero del hogar, esperando que sea un buen día para la venta de sus elotes en la Macroplaza.

Su carácter tan extrovertido y amigable lo ha llevado a conocer mucha gente desde su infancia en el barrio de la calle América, donde vivió y creció hasta los 26 años. Ese barrio le enseñó a amar, a sonreír y a darse cuenta que él no era como sus padres y su hermana: él era diferente. “Mira, la verdad es que yo siempre fui muy alegre de chiquito y ahí fue cuando me fui dando cuenta que yo no era como los de mi casa”. El presentimiento pasó a ser sospecha y después realidad; Raúl no era Raúl Garza sino César Francisco Ruiz Robert , había sido dado en adopción por una pareja en Puebla y sus padres, tenían la eterna esperanza de conservar el apellido familiar y tener un hijo varón, por lo que decidieron recibirlo como un nuevo integrante de la familia. El golpe fue demasiado fuerte y pensó en el suicidio. Así llegó la comprensión de todo lo que pasaba a su alrededor.
La gimnasia llegó en el momento justo. El joven Raúl pasaba por momentos de confusión familiar y personal. Una tarde su tío lo llevó al Círculo Mercantil y ahí todo cambió. El deporte se convirtió en el escape para ese sentimiento de rechazo que se generaba a su alrededor y que sólo hacía confundirlo y desesperarlo. Llegó a ser seleccionado nacional y después fue el gimnasta en activo con más edad en el estado de Nuevo León. Todo iba bien hasta que el cuerpo y sus responsabilidades para con su familia le impidieron continuar con una de sus más grandes pasiones.
Pero si hablamos de pasiones no se debe pasar por alto el canto. “Desde chamaco me gustó cantar, ser alegre, cantar a los pobres por que yo soy de los pobres como Pedro Infante ¿me entiendes?”. Su madre le inculcó el amor que se convirtió en idolatría hacia una figura representativa del cine mexicano: Pedro Infante. Eso lo llevó a considerar, ya entrado en años, una carrera como cantante. Pero el amor se le puso enfrente y contrajo nupcias en 1985 con Elena Carrasco. Tuvo que buscar formas para alimentar a su familia ya que los empleos a los que acudía no le agradaban y los que cumplían con sus expectativas le resultaban complicados por diversos motivos como por ejemplo, la soldadura.

A pesar de ser considerado un muy buen soldador Raúl no pudo ejercer durante mucho tiempo el oficio debido a complicaciones de salud. “Me iba a quedar ciego, qué esperanzas que antes lo cuidaran a uno como obrero como lo cuidan ahora pero no me puedo quejar, siempre tuve muy buenos patrones”, recuerda el “elotero” con un poco de desencanto y nostalgia.
Entonces tuvo que tomar una decisión empujado más por la constante del desempleo que por su propia convicción: el comercio. De vender alhajeros hasta tener que buscar vender libros casa por casa se mantuvo haciéndole la “lucha” por unos meses. Ahí fue el punto de quiebre en su vida y tomó el consejo de su suegra: vender elotes. Reticente compró todo lo necesario para emprender este nuevo oficio y buscó su mercado en la zona cercana a su hogar de la colonia Florida. En una de esas tardes se encontró con un cliente que le reclamó que porqué vendía sus productos como cualquier otro. “Me acuerdo que el señor era gallero y vivía por aquí me dijo que él nunca había visto cantar los elotes que porqué no los cantaba con canciones que me gustaran”. Así empezó el mito regional del “elotero cantador” ése a quien su peculiar estilo lo ha llevado a ser amigo de personalidades locales, como políticos y artistas. Su nombre se lo debe a Héctor Benavides del cual presume ser amigo íntimo.
Su fama en la zona le ha dado muchas satisfacciones pero también pesares. La familia no se siente conforme con su actividad y con el placer que le produce aparecer en los medios debido a que no consideran su actividad como decente ni propia de un padre de familia. Esto ha afectado profundamente a sus hijos, lo cual sumado a una serie de actos trágicos que han acontecido en los últimos tiempos, es una combinación mortal para una relación en familia.
Hace 8 meses que la vida de Raúl y sus hijos no es la misma, les falta su esposa y madre. Elena murió después de una lucha contra el cáncer que duró 7 duros años durante los cuales el hogar se desgastó no sólo económicamente sino también emocionalmente. La relación con sus hijos no volvió a ser la misma y se encuentra en continua tensión. “Yo espero que mis hijos comprendan algún día lo que es ser padre y que entiendan que todo lo que hago lo que hago por ellos”. Ahora sólo espera que la herida sane y que no deje huellas profundas porque para él son lo más importante de su vida.
El futuro puede parecer incierto para Raúl pero él espera que su carrera en la música despegue y que se le cumpla su sueño de algún día de alcanzar la fama. Grabará un disco en próximas fechas buscando colocarse entre el gusto de “sus pobres”.
Nadie puede negar que lo enigmático de su persona va más allá de su facha de bonachón y su carisma. Pero ¿qué pasará cuando ya no pueda cantar y menos vender elotes? ”Me quiero ir a un pueblito cerca de aquí y pondré unos 10 elotitos para no hacer nada y le contaré al que se arrime, mis experiencias lo que viví para ver si les puedo ayudar en algo”.
Definitivamente la historia de Don Raúl el “elotero cantador” esconde mucho más dolor y altibajos de los que se puede contar en este texto; Raúl se ha encargado de brindar siempre una sonrisa para así esconder el constante sufrimiento que ha embargado su vida debido al rechazo familiar pero ha difuminado ese dolor con el cariño que se ha ganado dentro de la cultura regiomontana y del corazón de su gente y de “sus pobres”.

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