Del azul al negro

por Vivian Hernández

La tristeza y la melancolía son sentimientos de color azul presentes en algún momento de la vida de todas las personas. Pero cuando estos momentos se vuelven prolongados, entonces estamos hablando de una patología. Aunque se pueda pensar que las malas rachas se superan, debe tenerse en cuenta que la depresión es una enfermedad; es necesario acudir a un especialista para recibir el tratamiento adecuado. De lo contrario, los problemas depresivos pueden desencadenar en un acontecimiento de color negro: el suicidio. Y esto es algo que sucede todos los días dentro de todos los estratos sociales, sin embargo, es algo de lo que la sociedad prefiere no hablar convirtiéndolo en un tema tabú.

La noche anterior Laura pasó varias horas acostada en su litera sin poder conciliar el sueño. Miró hacia abajo y vio como su hermanita dormía placidamente mientras ella esperaba que su madre llegara a casa, aferrándose con ahínco a Marcia, su muñeca. Por fin, alrededor de las once de la noche su madre llegó y se acercó a su cama. Laura vio con asombro que ésta estaba empapada en lágrimas cuando le dio el beso de las buenas noches. Le preguntó “¿Mami, porqué lloras?”, pero ella sólo contestó con una sonrisa que se trataba de un simple dolor de estómago y que la quería mucho. La pequeña se extrañó porque su madre llevaba ya varios días con dolores de estómago y llanto.

A la mañana siguiente, a las seis en punto, Cristi, la mujer que les ayudaba con los quehaceres de la casa, subió al cuarto de las niñas para despertarlas para ir a la escuela. Laura, como de costumbre, se negó a dejar la cama y ponerse el uniforme. Cristi, sin saber que hacer se limitó a vestir a la más pequeña de las niñas y se la llevó al colegio. Laura siguió durmiendo hasta que la luz del día iluminó por completo su recámara. Abrió los ojos y miró el reloj de la cómoda: las ocho y media de la mañana. Le pareció muy extraño que su madre no había bajado ya a regañarle por faltar a clases y a llevarle a la escuela. La pequeña de ocho años se levantó y decidió subir por las escaleras que llevaban al cuarto de su madre.

Subió con mucho cuidado de no hacer ruido, por si acaso su mamá seguía dormida. Al llegar, tocó la puerta pero nadie le respondió, así que entró a la recámara. Miró alrededor y notó que toda la ropa de su madre estaba regada por el piso, cosa que nunca pasaba, sin embargo no le dio importancia. La niña decidió entonces dormir un poco más junto a su madre. Pero primero pasó al baño y al abrir la puerta de éste, se dio cuenta de que el bote de basura estaba lleno con cajitas de medicina. Inocentemente pensó que seguramente su mamá había pasado una muy mala noche a causa del dolor de estómago y por ello había tomado tanta pastilla y seguía dormida.

Después de jalarle a la cadena del excusado y lavarse las manos, regresó al cuarto.  Se acercó a la cama y vio que su madre efectivamente seguía durmiendo, o al menos eso parecía. Para entonces ya eran casi las nueve de la mañana. Muy cuidadosamente rodeo la inmensa cama y se metió a las cobijas. Poco a poco fue acercándose a su madre y cuando por fin estaba lo suficientemente cerca para abrazarla notó que su mamá estaba helada, tan helada como los raspados que solía comprarle en el parque. Se trataba de  una mañana nublada y fría, como casi todas las mañanas en el Distrito Federal. Así que Laura dio media vuelta para alcanzar una de las colchas que estaban en el suelo y cubrir a su madre del frío.

Finalmente, cuando por fin estaba lista para acurrucarse junto a ella,  estiró sus pies y se llevó una desagradable sorpresa. Las sabanas estaban empapadas, pegó un grito y se levantó de un salto. Destapó a su madre y se dio cuenta que se encontraba desnuda sobre un charco café- amarillento. La pequeña se alarmó y se dijo a si misma: “¡Pobre de mi ma, está realmente muy enferma!”. Volvió a rodear la cama y se paró junto a la orilla donde descansaba su madre. Trató ahora si despertarla, primero con suma delicadeza pero a medida que vio que su mamá no respondía comenzó a alarmarse hasta que terminó gritando a todo pulmón y zarandeándola con todas sus fuerzas.

Nueve quince de la mañana: la niña no sabía qué hacer, Cristi aparentemente no escuchaba sus gritos de auxilio, así que en su desesperación llamó a la oficina de su padre. Sus padres llevaban un tiempo ya de haberse divorciado y no sabía como tomaría todo esto su papá. Por fin contestaron en la oficina, pero la secretaria para variar le dijo que su padre estaba en una junta y que no podía comunicarla. Laura le rogó que le pasara el teléfono, que era una emergencia, pero la mujer no hizo caso, seguramente pensó que se trataba de un mero capricho de la niña como en otras ocasiones. La pequeña llena de frustración pegó un grito, aventó el teléfono y se dedicó a llorar.

De pronto, a las nueve y media  una idea brotó en su cabeza: en el estudio de abajo en un pequeño cajón su madre guardaba siempre su agenda telefónica. Bajó las escaleras lo más pronto posible, abrió el cajón y sacó todo su contenido hasta encontrar la tan apreciada libreta. Recientemente su mamá le había enseñado como anotar por orden alfabético a las personas dentro de la agenda así que directamente comenzó a buscar en la letra D al doctor Enrique, su pediatra y amigo de su madre. Quién diría, ahí estaba anotado el nombre y el número del consultorio.

Volvió a subir por las escaleras a toda velocidad, tomó el teléfono del suelo y se paró junto a su madre mientras marcaba el número. De pronto escuchó la voz de su doctor. Trató de controlar el llanto y le explicó al médico la situación: “¡Mi madre, no despierta, está helada y se ha hecho del baño en la cama!,No sé que hacer, nadie quiere ayudarme!”. El doctor trató primero de tranquilizar a la niña y le dijo que todo iba a estar bien, pero le pidió que abriera los ojos de su madre y se fijara si las bolitas negras del ojo estaban grandes o pequeñas. Laura obedeció y continúo revisando a su mamá mediante las instrucciones del médico. El doctor Enrique le dijo entonces que iba inmediatamente para allá y que en cuanto colgara el teléfono corriera con Cristi y le pidiera que tuviera listas toallas húmedas.

La pequeña así lo hizo y mientras esperaba a que llegara el médico se arrodilló junto a la ventana del cuarto de su madre y le pidió a Dios que por favor no se muriera, que la curara, nunca antes había sentido en su vida tal desesperación y angustia en el pecho. Después volvió a marcar a la oficina de su padre, le gritó a la secretaria que su madre se estaba muriendo, que el médico ya iba para su casa y que necesitaba hablar en ese momento con su papá. Y en menos de lo que canta un gallo escuchó la voz de su padre del otro lado del teléfono, y le explicó todo. También su padre le dijo que llegaba inmediatamente, que había actuado muy bien y que estaba orgulloso de ella. Colgó el teléfono.

Veinte minutos después Laura comenzó a desesperarse, su madre seguía inconsciente y nadie llegaba. De pronto, escuchó el timbre, era el doctor Enrique. Cristi corrió a abrir la puerta y le entregó al médico las toallas húmedas. La niña le señaló donde estaba la recámara de su madre y corrieron todos hacia esa dirección. Entraron al cuarto, el doctor se acercó a su madre y la revisó, la tomó después de las piernas y la limpió completamente. Le ordenó a Cristi que trajera algo con que cubrir a la madre de la niña porque era necesario llevarla al hospital. Después le preguntó a Laura si su madre había tomado algún medicamento, así que la pequeña le llevó inmediatamente el bote lleno de cajas que había encontrado antes. Miró la cara del médico y esa imagen quedó grabada para siempre en su mente, vio en los ojos del doctor Enrique una gran decepción y preocupación, pero sin embargo le dijo que todo iba a estar bien.

El doctor cargó a la madre de Laura en sus brazos y la llevó escaleras abajo. Justo entonces llegó el padre de Laura. La niña, miró como entre los dos hombres acomodaron a su madre cual muñeca de trapo en uno de los automóviles y se alejaron por la calle. Laura pasó el resto de la mañana llorando hasta que Cristi fue al colegio a recoger a su hermanita. Laura trató de que su hermana no se preocupara y le dijo que todo iba a estar bien, finalmente ella era la mayor y tenía que poner el ejemplo: “No llores hermana, mamá va a estar bien, ven vamos a jugar”.

Fue un día eterno, las horas pasaban y nadie les llamaba para decirles que había sucedido con su madre. Las tres, las cuatro, la cinco…y por fin escucharon por la calle que un auto se acercaba. Era su tío, uno de los hermanos de su madre. Les pidió a las niñas que se pusieran una chamarra y que se alistaran porque iban al hospital.  Así lo hicieron. Laura pasó todo el trayecto pegada a la ventana del auto viendo la lluvia caer y pidiéndole a Dios que todo estuviera bien.

Llegaron al hospital y una enfermera les pidió que esperaran un momento antes de entrar a ver a su madre. Laura ya no podía con tanta ansiedad, tenía que ver con sus propios ojos si su mamá estaba bien o no. Así que corrió atrás de la mujer de blanco y entró a la habitación donde estaba su madre. Era una imagen que la llenó de paz, a contraluz vio que su padre se encontraba sentado junto a su madre tomándole la mano y diciéndole que todo se iba a resolver. La pequeña se acercó a la cama y por primera vez en el día vio despierta a su mamá. La abrazó con todas sus fuerzas, su hermanita se les unió en el abrazo y las tres se soltaron a llorar, su madre les imploró que la perdonaran, que las amaba con todo su corazón.  Pero Laura no entendió porqué les pedía perdón hasta muchos años después.

Hoy Laura tiene veintitres años y apenas comprende por lo que ha pasado su madre. Si alguien se encuentra gravemente deprimido y pensando en el suicidio, la respuesta de sus familiares y amigos debería ser la de ayudarle. Sin embargo, la mayoría de las personas prefieren alienar a quienes se ven eternamente tristes. El suicidio para muchos es la única solución a sus problemas. En México, 5 por ciento de la población sufre de depresión y en el mundo cada año un millón de personas se quitan la vida. No se puede continuar con el silencio, es hora de romperlo y comenzar a tratar este tema azul antes de se vuelva negro.

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