Oaxaca antes y después de la APPO

por Carolina Fernández

Son las 6.30 de la mañana, María Vasconcelos, abre los ojos en la tranquilidad de su casa, prende la luz y se prepara para salir a hacer sus ejercicios matutinos. Desde hace ya cuarenta años, María se levanta temprano, se lava la boca, se pone sus viejos y preferidos tenis deportivos y sale de su casa para subir y bajar las interminables escaleras del hermoso cerro del fortín, aquel que desde la época de la colonia  alberga la máxima fiesta de los oaxaqueños: la Guelaguetza; palabra zapoteca que significa cooperación.

Actualmente, María Vasconcelos tiene 58 años de edad, a lo largo de su vida ha visto correr la historia de su pueblo y siempre se ha sentido orgullosa de su ciudad, en la cual ha vivido los mejores momentos de su vida. “Soy oaxaqueña, amo Oaxaca y por eso me resisto a salirme de aquí”. Hoy, desde hace ya casi seis meses María despierta constantemente debido al eco de las balas, su sueño ya no es tan tranquilo como solía ser y ni loca se levanta para hacer ejercicio en el cerro del fortín, ya que desde hace seis meses se encuentra tomado por miembros de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y más recientemente por miembros de la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca). María los llama “esos vagos, delincuentes que sólo quieren vivir a expensas del gobierno”.

María, no sólo ya no duerme tranquila, sino que ya no come, no se divierte, no va a fiestas, no compra la comida fresca en los mercados donde solía hacerlo, no más subidas y bajadas del fortín, no más tacos Sierra por las noches y mucho menos pensar en esos lindos paseos en el zócalo de la ciudad.

Oaxaca, ayer la verde Antequera, tierra de alegría, folklore, de vistosos colores, de un legado cultural y artesanal inigualable. Días, tardes y noches calurosas y acogedoras en donde los ciudadanos y turistas podían pasear con la certeza de que aquel iba a ser un día inolvidable, en el que seguro te tocaba la algarabía de sus famosas calendas, o te topabas con el majestuoso colorido de sus indígenas, quienes rodeaban de misticidad las zonas turísticas y el patrimonio cultural de todos los oaxaqueños. Oaxaqueños que con tanto esfuerzo habían logrado mantener su ciudad como uno de los principales centros turísticos del país.
La realidad. Oaxaca con una población de 3.3 millones de habitantes, cuenta con 520 mil personas analfabetas, que lo coloca en el primer lugar nacional de analfabetismo. El Estado está conformado por 8 regiones, las cuales se conforman de 570 municipios, en donde conviven 16 grupos etnolingüísticas y casi dos millones de habitantes indígenas.
Gregorio Fuentes, estudiante de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO), máxima casa de estudios de la ciudad Oaxaca, aquella en la que en sus años mozos cientos de estudiantes de toda la república acudían para salir con una excelente preparación y un título de renombre. Hoy, Gregorio lleva dos semanas sin poder pisar esta máxima casa de corrupción y de asilo de los elementos más fuertes de la APPO: los Porros. Gregorio como muchos otros, es un joven con sueños e ilusiones, con la esperanza y unas ganas tremendas de terminar su carrera para poder salir de su ciudad y ser alguien grande. Hoy la UABJO sufrió una metamorfosis, pasó de ser una casa de estudios, a un campo de guerra, sus instalaciones están rodeadas de encapuchados, de gritos y consignas en contra de Ulises Ruiz, de rencor, de sangre, de miseria. “¡Ya cayó, ya cayó, Ulises ya cayó!”, corean al unísono.
Oaxaca; hoy, ciudad de vándalos, de asesinatos, ciudad de aquellos que se atreven a llamarse el pueblo, que con sus actos se han atrevido a destruir el patrimonio, la cultura y el prestigio de años de esfuerzo de sus verdaderos pobladores, ciudad de la APPO. Oaxaca; hoy, cuna de políticos ruines, de seres nefastos que con su egoísmo y falta de escrúpulos, se han segado por el poder, la avaricia y la venganza y se han llevado entre las patas a su pueblo.

Hoy, Oaxaca sólo alberga odio, sangre y ganas de venganza. Sus pobladores han resentido el conflicto, sus actos, sus pensamientos, sus palabras lo demuestran. Hoy, el tema principal y quizá el único de todos los oaxaqueños es el conflicto magisterial que está apunto de cumplir 6 meses. No hay comidas, reuniones familiares, correos electrónicos, fiestas de cumpleaños, borracheras en las que no se mencione el problema. Opiniones encontradas, eternos debates, riñas familiares, la cuestión es que pareciera que “esos hijos de la chingada” -como se refirió Trinidad Abascal, una joven oaxaqueña, estudiante de veintitrés años-, no sólo tomaron Oaxaca, si no que se apoderaron de la vida de todos los oaxaqueños. “Ojalá los maten a todos y ya nos dejen de una vez en paz, maldito Fox, maldito Carlos Abascal: Cobardes”, comenta desesperada y con lágrimas en los ojos María Vasconcelos.

Ramón, esposo de María, quien desde que inicio el conflicto se ha distanciado de su familia, por las preocupaciones que lo agobian, no sabe que va a hacer si esta guerra de intereses no termina cuanto antes, los últimos meses han vivido de los ahorros que tenía, pero ya no cree aguantar mucho tiempo más, las presiones y su diabetes lo está matando y los dolores de estómago cada vez son más continuos, los benditos nervios no lo dejan en paz; las discusiones con María y con sus hijos también se vuelven más frecuentes. Ramón, como todo buen padre se preocupa por ellos y les pide que no salgan de casa. Un día o dos María lo puede soportar, ¡pero seis meses!… ¡Dios mío es una prisión!

Ramón con el seño fruncido, la voz exaltada y con una mirada de rencor afirma: “¡Malditos aquellos que han traicionado al pueblo!, su estirpe lo tendrá que pagar caro; malditos los corruptos que han robado al pueblo, ese dinero nunca les rendirá, la conciencia no los dejará dormir, ni disfrutar ese dinero que le robaron a gente miserable, a la que le han quitado un mendrugo de la boca. Malditos aquellos que son manipulados; falsos redentores, que engañan al pueblo y los empujan en luchas fraticidas, sembrando el odio social”.

Monte Albán, Mitla, Yagul, ancestrales escenarios que han sido fieles testigos del andar de los chapulines, de su grana cochinilla y de su gente. Gente hospitalaria, que solía pasar las fabulosas tardes de cielo azul, limpio y despejado sentada en los portales del antiguo zócalo de la ciudad, nombrado patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO,  con alegres conversaciones y chismes de vecindario. Hoy la Verde Antequera se tiñe de sangre; hoy al igual que esta crónica, Oaxaca está llena de odio y de rencor hacia aquellos que han causado tal atropello.

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