Un día en el puente del Papa

por Carolina Trevizo

Son las siete de la mañana de un sábado en donde el sol aún no se decide a salir. Los puestos comerciales de La Pulga del puente del Papa están vacíos y nadie camina por los pasillos, a excepción, probablemente, de un perro flaco y solitario.

Poco a poco los comerciantes van llegando a su faena del fin de semana. Entre holas y buenos días arreglan sus puestos apenas se hace de día. Algunos se vieron forzados a dejar su mercancía ahí toda la semana, pues es tanta, que quitarla cada domingo para volver a ponerla cada sábado es tiempo (y dinero) perdido, así que confían en la buena voluntad de la gente y en la efectividad del velador.

Mientras, un señor con la camisa desgastada y la vejez en su cara, se acomoda en una silla en medio del pasillo principal. Lentamente y con mucho cuidado, uno por uno, va acomodando en una mesa los muñequitos de acción que vende: Spiderman, Hulk, Batman, El Santo, GI Joe, Superman, entre otros.

Bajo el peso de una gran caja de cartón, un hombre apresurado, pasa por detrás. Lo siguen su hijo, su sobrino y su compadre. Su nombre es David y es el dueño de un local de tenis. Al llegar, levantan las pesadas lonas azules que cubren su puesto, debajo se dejan ver unas estructuras para colocar calzado sobre las paredes.

“Ándale güey” los apresura David, “acomoden los Pumas mientras voy por lo demás”. Y es que hay que empezar desde temprano, pues hay muchas personas que venden el mismo calzado que él, pero más económico.

“Lo que pasa es que hay mucha competencia desleal, osea, como consiguen las cosas de fayuca o pirata lo dan mucho más bara, o si no, si sí es original, lo dan a mejor precio que uno, nomás para quitarle la clientela”.

Somos los Comerciantes de la Colonia Independencia

A unos pasillos de distancia, Rosario Villa pone en orden su pedacito de comercio de joyería de fantasía. Barre el irregular piso de concreto, mojándolo para que no levante tierra. “Yo nomás vengo por que me aburro en mi casa, y como no soy nada platicadora (ríe), ya ves, ya te agarré a ti (…) pero la verdad es que no saco casi nada, a penas para pagar la renta del día del local” dice la sonriente mujer.

La cuota por día de un local tiene un costo de $30 pesos, los cuales se le pagan al jefe de sección dependiendo del pasillo en el que se ubique el puesto. Rosendo Ribera, mejor conocido entre los comerciantes como Rusty, es una de las autoridades del Puente del Papa. Él dirige la sección de los Comerciantes de la Colonia Independencia, los veteranos en La Pulga.

“En toda La Pulga, somos aproximadamente mil doscientos comerciantes, divididos en cinco secciones. Son sindicatos para protegernos, pero no de la piratería, por que eso bien sabemos que está mal. Ya son viejos [los comerciantes], son adultos, ellos saben lo que hacen, lo que es correcto y lo que no pero… es más, ¿ves éste iPod? Es pirata” explica Rusty con una mirada pícara.

“Pero hay que poner también la otra cara de la moneda: muchas familias viven de esto, mucha gente ha salido adelante gracias a esto, aún habiendo intentado muchas otras cosas, por eso no siento vergüenza, por que se que gracias a esto la gente tiene qué darle a sus hijos de comer, con qué vestirlos y educarlos”.

El sol sube en el cielo, los consumidores van llegando a La Pulga a cuentagotas, hasta que, cerca de medio día, se convierten en un torrente de personas. Gente que sube y baja en grandes grupos por las angostas escaleras que conectan el Puente del Papa con el lecho seco del río Santa Catarina.

Parejas, jóvenes, familias, grupos de amigos, algunos evidentemente pobres, otros notablemente extranjeros, personas de distintas partes del país, cholos, punks, rancheros, ancianos, niños; la variedad de personas es amplia. Algunos buscarán artículos en específico, otros solamente van de paseo.

El repertorio de cosas que se pueden encontrar en los pasillos de La Pulga es aún mayor: desde cámaras fotográficas profesionales, equipos de gimnasio y para acampar, calzado de todo tipo, videojuegos, puestos de tuercas, martillos y torillos, viejos discos de vinilo, macetas, mascotas, aparatos telefónicos, hasta ropa de marca y ropa usada, entre otras muchas cosas.

Vintage

Sentada en medio de una selva de vestidos, camisas, estolas y pantalones, Doña Dalia Iñiguez ha estado trabajando en La Pulga del Puente del Papa desde hace más de 15 años. Su local es de ropa vintage: viejas vestimentas de diseños de los años 70’s, 60’s y algunos de los 50’s.

“Nos va muy bien, gracias a esta tiendita tuve tiempo de disfrutar un poco más a mi hijos, gracias a este localito tuvimos dinero mi señor y yo para sacarlos adelante” recuerda doña Dalia, “no necesitamos más, venimos aquí sábado y domingo, y el resto de la semana nos vamos a Austin a conseguir más ropa, ¡viera que rápido se nos acaba!”

¿Quién hubiera imaginado, 30 años atrás, que iban a vivir tan felices? Dalia Iñiguez nació en un apartado pueblo en Oaxaca, en una familia muy humilde pero numerosa, y por ello, con muchas carencias. No terminó la escuela primaria y se casó a los 16 años de edad.

En búsqueda de un futuro más venturoso, su esposo y ella migraron al norte del país, donde la buena fortuna los trajo a Monterrey. Al principio encontraron trabajo, de empleado en una fábrica el señor Iñiguez, y de empleada doméstica la señora Dalia. Así continuaron durante varios años, tiempo en el que nacieron sus cinco hijos.

“Me salieron todos diferentes, uno de cada sabor: uno estudió de contador, otro tiene su puesto de tacos, una se casó y se fue al otro lado, otro repara coches y la más chica me salió con que quiere ser modelo”.

Su decisión de hacer algo más, de buscar un nuevo empleo nació por la procuración de ofrecerles un buen futuro a sus hijos, “al menos quería darles algo mejor de lo que yo tuve” dice Dalia.

Empezó a vender ropa usada en La Pulga, poco a poco fue ganando más dinero, y tuvo la oportunidad de viajar a los Estados Unidos y buscar más estilos de ropa para su local sabatino. Así se inclinó por el estilo viejo, pero que se impondría como moda entre algunos jóvenes en poco tiempo.

Fue tanto su éxito con la ropa vintage que ya no era necesario trabajar como empleada doméstica. Tenía muchos clientes, y su esposo acudió a trabajar a su lado. Su popularidad fue tal que ha tenido visitas de celebridades del rock mexicano que compran diferentes accesorios y vestimentas. “El otro día vino este muchacho, ¿cómo se llama? El de la banda que se llamaba Zurdok… ¡Chetes!… muy buen muchacho, simpático, aunque antes venía más seguido”.

“También vino una vez Alex Syntek antes de ser famoso, a veces vienen los chavos de Jumbo y los de Plastilina Mosh” comenta Diana, la hija de Dalia.

De la familia de siete integrantes que eran, ya solo quedan Diana, Dalia y el señor Iñiguez, quienes pasan el sábado y el domingo en La Pulga del Puente del Papa en su local de ropa. Con eso les basta para vivir bien; tienen su propia casa y viajan muy seguido para surtir su tienda.

Al caer la tarde del domingo, los comerciantes vuelven a tapar con pesadas lonas sus locales, algunos amarran sus pertenencias con cuerdas y bolsas de plástico, y otros los meten en cajas para llevárselos de regreso a casa.

El Puente del Papa quedará solo hasta el próximo fin de semana, cuando como un Fénix vuelva a renacer. Por lo pronto, doña Dalia, satisfecha con lo que ha logrado en estos dos días, se retira. Vuelve a su hogar en la vieja camioneta pick-up de su marido, junto con su familia, mientras las sombras del ocaso van apagando la actividad en el Puente y piensa en voz alta “yo no me voy a ir de aquí [de La Pulga] sino hasta que ya no pueda, yo se que ya estoy vieja, pero estoy muy feliz aquí, de aquí no me quiero mover”.

3 respuestas a Un día en el puente del Papa

  1. PLOKETO dice:

    Trevizo eres genial chiquita

  2. zyd dice:

    orale, tantas historias detras de la pulga..

  3. manuel dice:

    wen reportage y mas aora qe lawa c yevo todo

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