Mesero desde hace un año y medio

por Victor Hugo Arias

Suena el despertador al cinco para las 6:30 a.m. marcando el inicio de la ceremonia que casi todos hacemos antes de abandonar nuestro hogar; tallar los ojos procurando quitar lagañas, meternos al baño buscando la higiene, envolvernos en una toalla esponjosa que nos quite el exceso de agua, salir del baño y encontrar la ropa o el uniforme que nos caracterice como individuos, para dirigirnos a nuestras actividades.

Él es Ernesto Peña y va llegando al restaurante donde labora desde hace ya un año y medio. Como todo empleado entra por la parte del edificio que a todos en algún punto nos da curiosidad saber como es; la parte de atrás. Desfajado y con el mandil colgado en los hombros se registra en el ordenador donde siempre lo saluda el guardia, quien se convierte en la primera persona que les da la bienvenida a la mayoría de los empleados.

Hacia delante, por los pasillos de la cocina y de la lava loza, comienzan a escucharse los rápidos preparativos que ponen en orden al negocio para cuando abra las puertas a sus clientes. Asimismo, inicia toda una mezcla de olores que lo familiarizan al entorno laboral; salsas frías con una amplia variedad de quesos rancios y dulces, jabones y desinfectantes unidos a esencias herbales que levantan la distinta variedad de frutas y verduras, así como hornos que dejan ir aromas de pastas, carnes, y postres en un solo halo. Esta envoltura aromática sucede mientras llega al mostrador y toma los utensilios básicos para poder atender a los clientes venideros. Desde las bolsitas de azúcar para endulzar el café, servilletas, tarjetas de presentación, hasta plumas para tomar y no olvidar pedidos específicos y/o especiales.

Teniendo todo esto listo, Peña al igual que el resto de los meseros, realiza actividades antes de abrir el restaurante. Pero a él a diferencia de todos, se distingue por realizar la tarea de armar las dos maquinas de nieve. Todo un proceso de embonar, engrasar y colocar las piezas concluye con una visita a los congeladores, viaje poco aventurado por los meseros pero placentero para algunos, para recoger las bolsas de nieve que se vaciaran en ambas maquinas.

Al concluir este proceso, regresa a la mostrador de la cocina donde arregla su atuendo, prepara su mandil y ubica en un mapa del restaurante la zona que le asignaron atender.

Se abren las puertas

Las puertas se abren dejando entrar esporádicamente a gente con ganas de comer. Y mientras sucede eso Ernesto hace un recorrido por muchos lugares de restaurante echándole un ojo a pequeños detalles que necesiten un arreglo. “La mayoría de los meseros hacen esto cuando aun no tienen clientes en sus mesas” afirmo nuestro mesero.

De manera natural y casual le ha tocado atender a una pareja que parecen venir de alguna oficina aledaña. Los recibe con una cordial bienvenida invitándolos a su área de preferencia; la de fumar o no fumar. Guiados por Ernesto a su mesa, observan y saborean lo que el buffet les ofrece, con un calor, que solo la buena comida puede ofrecer.

Diciéndoles la selección de bebidas, y con la elección que la pareja tomó, nuestro mesero los deja a solas solo para dar inicio a su trabajo. Al regresar a la mesa con las bebidas, la rutina que lo caracteriza al restaurante, ha comenzado. “Es muy común que cuando uno llega con las bebidas, los clientes se han parado para servirse lo que hay en el buffet” continuo Ernesto.

“Rush laboral”

La situación ha cambiado. Han pasado las horas y aun y cuando muchos de los primeros clientes ya se han ido, la rotación y llegada de otros es superior. Ernesto tiene 5 de sus 6 mesas ocupadas. Les ha dado ya la bienvenida, pero su labor no termina ahí.

“Chingada madre” nos cuenta Ernesto que piensa cuando a lo lejos, mesereando, ve que parpadea el foco rojo de las máquinas de nieve, indicando que su producto está por agotarse. Dando una última revisión a sus mesas, de que nos les falte nada, Ernesto realiza el viaje a los congeladores para ir en busca de la nieve. El viaje ya no es como el primero del día. La preocupación de saber que las mesas están –abandonadas- hace perderle lo agradable.

De regreso a su zona aprovecha surtir de cucharas los contenedores que también estaban casi por vaciarse. También es una de sus obligaciones. Observa que dos de sus mesas se han desocupado. “A veces te sientes mal por que lograste una empatía con esos clientes y no pudiste despedirte, lo cual pudo haber hecho que dejaran más propina” reflexiona Ernesto.

Inmediatamente, tras haber dejado las cucharas y recoger varios platos sucios de mesas que atienden sus compañeros, llega a su zona para limpiar las dos mesas abandonadas y dejarlas listas para otros clientes. “En ocasiones escuchas que tus clientes balbucean criticando que los has dejado solos por mucho tiempo, pensando que eres un mal y flojo mesero” cuenta nuestro mesero. Atiende de nuevo a sus clientes actuales y se dirige a la lava loza para dejar todos los platos sucios que ha recolectado.

En este punto cualquier trayecto que realice, debe de llevar una función adicional que no deje caer la higiene, el orden y el vacío del restaurante; surtir la maquina de refresco de la zona cuando lo amerite, preparar cubiertos envolviéndolos en su servilleta para darle elegancia al negocio, secar y traer vasos al igual que secar y llevar platos a los estantes, barrer debajo de las mesas cuando han traído a un bebe y ha hecho sus gracias que los hacen más tierno, hacer un rápido lavado de la franela con la que limpia las mesas y recargar su atomizador de un desinfectante que también sirve como aromatizador. Entre otras muchas tareas que tardan un mayor tiempo en surgir.

Hacia el final

Se deja caer la lentitud citadina de la tarde. El cambio de turno es inminente. Ernesto ve llegar a la gente del turno de la noche y de viaje en viaje platica con quien será su sucesor de zona. Muchos ya comienzan a trabajar por lo que existe un pequeño lapso en donde el restaurante se ve aturdido de meseros, triste por que es punto donde no existe demanda de ellos.

La zona, que por un breve periodo ahora es compartida con el nuevo inquilino, concluye con un arreglo que hace nuestro mesero negociando sus ultimas propinas del día que le darían estas ultimas mesas. “Déjame terminar de atender estas mesas. Tu empieza a meter a tus clientes” negocia Ernesto con el mesero del turno de la noche.

Quitándose el mandil, entra a la cocina y se va desfajando el uniforme. Lo despiden los mismo olores y vapores que lo recibieron en la mañana, sumados de vibra con estrés de sacar adelante la comida para la noche.
Todo se mueve rápido, el ya dejo esa etapa. Llega a la puerta de atrás y el guardia también se ha turnado, ahora es otro que da la despedida.

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