La Arena Coliseo: santuario de quimeras

Por Omar de Jesús Hernández Delgadillo

¡Semillas! ¡Semillas! Se alza una voz aguda que proviene de una señora de baja estatura, cubierta con ropas humildes que lleva una canasta llena de semillas, cacahuates y otras golosinas. Junto a ella camina apresurado un niño de unos 11 años que se detiene abruptamente enfrente de un puesto de máscaras a postrar su mirada en la de Atlantis, quien aunque no entra en la función de hoy sin duda es un ídolo de los niños. “¿Me la compras? ¡Ándale!”, suplica a su padre, -el vendedor sabe que tiene un cliente seguro- que agitado llega unos instantes después que el niño tratando de no quedarse atrás. El niño sabe que no importa la ropa que lleva puesta sino que la máscara le conferirá poder, el hecho de cubrir su cara es parte de espectáculo.

Frente a frente, no necesitan más que sus musculosos cuerpos descubiertos para demostrar quién es mejor. El que gana obtiene el respeto y admiración de los demás, el que pierde, mejor que ni se levante, que se quede tirado en el polvo; es cuestión de honor. Así era originalmente en la antigua Grecia.

El inmueble está repleto, no cabe una persona más, los asientos están ocupados en su totalidad, la música aminora la expectativa de la gente por ver a sus ídolos saltar al cuadrilátero, seis Octagones, cuatro Blue Panters, ocho Blue Demons, veinte Santos, ocho Atlantis, entre ellos el pequeño, estrenando su máscara que compró en la entrada.

“Todo fluye, nada permanece” (Heráclito, S. V a.C.). En todo hay una evolución y en lo que refiere a la lucha libre en la actualidad ha cambiado mucho con respecto a los principios de la historia de la humanidad. Se dice que la lucha no tiene una fecha exacta de aparición, pero donde se plasmó inicialmente como una disciplina o deporte fue en las Olimpiadas de la Grecia antigua.

“¡Lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo!”, exclama el anunciador, que usa el mismo pantalón negro que el domingo pasado, la misma camisa blanca percudida por las lavadas, el mismo moño negro que reluce bajo su cuello. La voz característica de este personaje avisa a los espectadores que vayan a sus asientos y se preparen para la primera batalla de la función de esta noche. El pequeño Atlantis grita de la emoción junto a su padre, quien no se ha despegado del asiento desde el momento que llegó denotando el cansancio después de un día difícil de trabajo, pero no puede romper la promesa que le hizo a su hijo de llevarlo a la Arena Coliseo. Promesas son promesas, como la que se hizo Chava, quien a los 13 años tuvo que dejar de estudiar por la muerte de su padre y la necesidad de sustentarse; buscó un trabajo que sin saberlo le serviría de experiencia a largo plazo, para realizar algo importante.

“¡1, 2, 3, fuera!”

Chava tuvo que realizar diferentes actividades antes de encontrarse con su destino. De revolucionario, pasó a trabajar como inspector de hacienda, labor que le permitía desplazarse a diferentes lugares. Una de sus designaciones lo llevaron a la ciudad de El Paso, Texas, donde presenció un espectáculo que lo dejaría marcado para toda su vida.

El otoño se asoma en las ventanas de los regiomontanos, aunque el calor aún apremia, el viento sopla refrescando el ambiente viciado que se genera con el sol. Sin embargo, después de 51 años de inaugurado el inmueble la pasión sigue siendo la misma, y los regios no pierden la oportunidad de presenciar un espectáculo lleno de intensidad, de misticismo, de alegría, de algarabía, de sufrimiento, de golpes, de patadas, de llaves, de vuelos desde la tercera cuerda, de gritos, de insultos al réferi, de halagos a los ídolos, de sudor, de fuerza, de sangre, de amor, de odio, de niños, de padres, de familias enteras disfrutando de la puesta en escena que se presenta arriba y abajo de una plataforma cuadrada delimitada por tres cuerdas, ubicada en la avenida Colón número 1050 Poniente esquina con Bernardo Reyes en el centro de Monterrey, Nuevo León, México: la Arena Coliseo.

“Atlantis no te muevas de aquí voy al baño”, el niño ni siquiera lo escucha a causa de los gritos de la muchedumbre que vehemente aguarda el segundo capítulo del libro que se escribe esta noche. Un silbido ensordecedor se escucha proviniendo justo detrás del oído de Atlantis –quien los soporta con los poderes que le confiere la máscara- advirtiendo la lujosa compañía del nuevo actor de la película de acción que se proyecta delante de sus ojos: unas curvas prominentes cubiertas solamente por un diminuto uniforme que combina con el vestuario de la figura que custodia. “¡Lucharaaaaaaaaaaaaaaaaaaán…!”
Gus Papas, Gus Papas, Gus Papas, Gus Papas. Eco. La cabeza de Chava le da vueltas al nombre, Gus Papas. ¿De dónde dijeron que venía?… Grecia… ¡Tenía que ser! Gus Papas.

“Ya vine mijo”, Atlantis abuchea.

Chava sabe que tiene que hacerlo, si no lo hace, su cabeza seguirá y seguirá dando vueltas, Gus Papas. Apretón de manos, Chava nervioso, pero aún así convencido de lo que quiere: un lugar. Un lugar donde pueda realizar lo que su mente planea, Gus Papas. El hombre que tiene enfrente es Víctor Manuel Castillo, propietario de la Arena Modelo. “Mire, yo tengo un espectáculo y usted tiene un lugar”. Chava sale del edificio con un semblante de victoria: sonrisa burlesca, ojos brillantes y, un contonear en su caminar que parece que avanza bailando, Gus Papas, por fin, Gus Papas.

Atlantis abuchea. El público abuchea. “Es un robo”. “Rérefi pendejo”. “Eso fue fául”. Si Atlantis lo estuviera viendo por la tele está seguro que escucharía el institucional: “¡Los rudos, los rudos, los rudos!”, que tan famoso ha hecho el cronista de Televisa que abiertamente apoya al bando de los sucios.
Ring General: un peso cincuenta centavos. Entrada General: un peso. Fueron los precios de la primera función de lucha libre realizada por el Señor Lutteroth, como ahora era conocido Chava en el medio. El 21 de septiembre de 1933 se llevó a cabo el enfrentamiento donde participaron en el cartel luchadores del momento como Chino Achiu, el norteamericano Bobby Sampson, el irlandés Cyclone Mackey y el mexicano Yaqui Joe.

“¡Semillas! ¡Semillas! “. “¡Joven! Unas semillas”. “Yo quiero unas papas”. Atlantis se tiene que levantar la máscara un poco para poder comerse sus papas, pero sabe que no puede despojarse de su tapa, que no debe mostrar su verdadera identidad porque es todo lo que tiene.

Las horas pasan y la penumbra se hace más oscura fuera de la Arena, los espectadores están tan extasiados que no ponen atención a las molestias que les produce la butaca tan fría y dura en su cuerpo, ellos no quieren que la función termine pero las posaderas suplican el momento que el anunciante pronuncie las palabras: “Buenas noches, esto fue todo por hoy”, y así tengan un breve descanso de su desgastante situación al frente de una tarea que desarrolla en la parte trasera.

El clímax no se hace esperar más, entre el tumulto de alaridos se produce la frenética presentación de quienes contendrán en la pugna final de la noche, es el momento por el que todo el público ha esperado, ver en vivo y en directo a sus ídolos les produce una sensación de regodeo con la cual van a vivir a partir de ese instante.

El director señala: “¡Acción!” Y los actores se concentran para interpretar su papel de la mejor manera, el rol que desempeñan es vital para que el público llene la sala.  “¡Maquillaje: sangre en la cara!”. Todavía no termina de dar la orden y la cara del actor se cubre de un mar tan rojo como la salsa catsup que Atlantis ha puesto en su hot-dog y saborea sulfurado en vibración por las acrobacias que los histriones realizan dentro del set y que causan la algarabía de la audiencia.

“¡Corte!”

Exclama el director en su excitación dando tres palmadas en la superficie del cuadrilátero.

“¡Queda!”
Es la toma que culmina el trabajo del día. Las salidas de la Arena parecen hormigueros por los cuales escabullen todas las hormigas a refugiarse, una de ellas, con la máscara de Atlantis, sale todavía emocionada por la representación que recién terminó: “¿El domingo venimos también?”, exhorta a su padre quien se limita a decir: ”Ya veremos mijo”.
No queda ni un alma en el recinto, sale Juanito con su escoba a barrer la basura que ha quedado y a limpiar el lugar para tenerlo listo para la siguiente función, es una tarea que podría esperar, pero cuanto antes se haga mejor, el santuario llamado Arena Coliseo no merece de ninguna manera estar en condiciones de suciedad.

Las luces se apagan, es todo por hoy.

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