José Global

por José Alvarado

No somos el todo del mundo, apenas y somos migajas; migajas en un punto específico entre miles de millones de migajas y sitios que a simple vista nos son ajenos pero que salpican nuestro diario transitar por este inmenso planeta que quizá no es más que la  migaja que habitan millones de morusas. El desarrollo de la tecnología y del mercado aunado a muchos otros procesos han desembocado en la globalización, un fenómeno cuyas múltiples formas y efectos han generado gran variedad de teorías, discursos, discusiones, polémicas, perspectivas y posturas que intentan asimilar y explicar el tremendo impacto que ha tenido en las formas de vida y pensamiento actuales.

La vida cotidiana de José Global, habitante encasillado en la clase media de la ciudad de Monterrey,  se convierte en reflejo práctico de los postulados de diversos teóricos. Sale el sol, avanza, avanza, avanza, escapa, cae la noche, avanza, avanza, avanza y a cada momento la globalización a pedazos es evidente, varios sectores de la urbe nadan día a día en una capirotada de globalidades-localidades.

Es martes, año dos mil seis, 7:00 am, ¡bip! ¡bip! ¡bip! ¡bip! Suena la alarma de un reloj despertador. Un reloj Philips diseñado y desarrollado en Holanda, ensamblado en China con partes de distintos lugares del mundo, exportado por Hong Kong, importado por México, comprado en la ciudad de Monterrey en una franquicia de una tienda estadounidense. José abre los ojos, le volvió a amanecer.

Lo que antes podía definirse como propio o ajeno, según dice el teórico Nestor García Canclini, debido a la homogeneidad industrial desaparece ante los nuevos procesos de producción. Materiales de diversos orígenes geográficos/culturales son reunidos en un solo producto “estandarizado” que posteriormente es distribuido a nivel masivo. De modo que las multinacionales crean productos homogéneos uniendo elementos heterogéneos a través de procesos que pueden ocurrir en diversos puntos geográficos para aumentar sus ganancias y reducir los costos.

Un buen regaderazo para empezar, pinta ameno el día, un licuado de plátano para agarrar fuerzas, recarga su mochila con barras de granola importadas y sale de casa, se dirige a la avenida donde tomará el primero de dos camiones de ruta –construidos en Alemania por gente de diversas nacionalidades– con los que en cuarenta minutos aproximadamente llegará a la universidad.

Cada día invierte por lo menos 6000 segundos en transportarme dentro de la ciudad, 700 minutos a la semana, 51 horas al mes, 25 días enteros a bordo de un vehículo cada año. Este tiempo de traslado implica que no habita un punto fijo a través del tiempo, como un gran porcentaje de las morusas que le rodean, pasa más tiempo fuera de donde vive que en su propia casa.

Televisión, radio y panorámicos en las calles reproducen constantemente publicidad de la amplia variedad de modelos y marcas de automóviles y camionetas que han llegado a la ciudad gracias a la apertura del mercado nacional con tratados internacionales como el TLC. A través de las ventanas del transporte urbano puede apreciar los autos de los carriles vecinos, una danza espectacular entre los avances tecnológicos, los contrastantes niveles de poder de adquisición y la  eterna prisa.

El chofer deja caer su pie sobre el pedal del freno, se detiene el camión y sube un joven con una flauta de pan. Interpreta “La Bikina” de Rubén Fuentes  con la sinceridad y pasión suficientes para desplazar todas las preocupaciones, deslizarse hasta un recoveco del alma y adueñarse de un cachito de la memoria de más de un pasajero. Le sigue con la popular canción peruana “El cóndor pasa”, el asfalto se hace tierra, los edificios se vuelven montañas, los autos son llamas y un avión vuela emplumado por vez primera. Concluye su presentación con un recorrido a lo largo del pasillo recolectando la cooperación voluntaria de la audiencia transeúnte. Los excluidos del trabajo, comercio y consumos viven de revivir producciones artesanales de orígenes tan lejanos como la distancia que hay entre Perú y Monterrey.

El joven Global baja del segundo camión y luego de unos pasos entra a la universidad, institución de la que está excluida la gran mayoría de los jóvenes del país. Sus clases se desarrollan en convivencia con estudiantes originarios de distintos puntos de la república y del mundo: de Baja California a Yucatán, de Chile a Japón, Suiza, España, Australia, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, Estados Unidos; una internacionalización permitida gracias a diversos convenios y redes internacionales a los que pertenece el instituto.

Aunque los estudios universitarios prometen a José grandes oportunidades de aprendizaje, razonamiento y preparación que le darán ventajas en comparación con sus colegas, la realidad es que al graduarse tendrá que moverse hábil y astutamente en campos laborales saturados y sistemas de producción controlados por transnacionales o gigantescas corporaciones, teniendo la opción de irse al extranjero en busca de mejores oportunidades.

Pero en su primera hora libre de la mañana esa realidad es todavía tiempo futuro; compra una coca-cola –un producto global que se adaptó a la localidad de miles de partes del mundo– y se sienta en una banca a leer las fotocopias de un libro que fue descontinuado o que nunca llegó a la ciudad y en el que se basa la teoría de la siguiente clase.

La situación económica del país se llevó de encuentro a gran número de editoriales mexicanas, el control pasó a manos de empresas transnacionales con lo cual la producción cultural en ese rubro se vino abajo. Mientras estas empresas olvidan la inversión en productos culturales, el acceso a  los libros se limita a mochilas llenas de fotocopias, lo que Carlos Monsivais describe como “literatura xerox”.

Las manecillas avanzan y José vuelve a las aulas; a mitad de una clase de profesor con voz monótona su compañera Raquel le dice al oído con tono cómico “¿Ya viste? Todos andamos de mezclilla”. Sin importar las distinciones locales, foráneos, o extranjeros, el estilo de las distintas vestimentas es muy parecido. Ya decía García Canclini en Consumidores y ciudadanos: ”La cultura es un proceso de ensamblado multinacional, una articulación flexible en partes, un montaje de rasgos que cualquier ciudadano de cualquier país, religión o ideología puede leer y usar”.

Luego de la última clase del día José  vuelve a ser parte del desfile cotidiano de prisas y cláxones a bordo de un Ruta 1. A su lado, Marta, chica polaca, estudiante en Francia que aprovechó un convenio para estudiar un semestre en Monterrey le comenta, “Estoy algo desilusionada porque me imaginaba un México bien diferente, ¡está bien americanizado!”.
Ya advertía Charles Horton Cooley que las nuevas tecnologías de comunicación amplían la perspectiva de lo que existe y ocurre; pero que a su vez la creciente difusión de ideas e imágenes puede resultar en la superficialidad y la comprensión sesgada de la realidad. “Pues es que tenías la versión estereotipada de México, del nopal, el burro y los bigotes, pero hay muchos Méxicos, es un país de muchos colores”, responde José. .

Bajan de la unidad en la Av. Juárez, en el centro de la ciudad, caminan por una callecita que recibe las últimas caricias en dirección contraria al sol moribundo. Son seducidos y absorbidos por las puertas de una librería multinacional que ofrece variedad de libros, música y videos. Marta se sorprende de la cantidad de libros franceses que hay, muchos de esos libros los ha leído para sus cursos de política en Francia. Un rato después confiesa en tono cómico, “¡Estoy harta de Francia! ¡Todos los eventos culturales a los que he ido últimamente tienen relación con la Alianza Francesa! ¿Dónde está lo mexicano?”.

De acuerdo con estudios de Garreton, el continente americano, que representa el 9% de la población del planeta, ocupa el 0.8% de las exportaciones mundiales de bienes culturales, en tanto que la Unión Europea, con el 7% de la población mundial exporta el 37.5% e importa 43.6% de todos los bienes culturales comercializados. De modo que en América se consume mucho más de lo que se produce.

Cae la noche, Marta dobla a la derecha y se aleja, José permanece en la banqueta, quieto, levanta el brazo, de nuevo transeúnte. La ventana del camión de vuelta a casa enmarca las imágenes de camellones y banquetas: indígenas que han cambiado sembradíos, bosques y selvas por llanuras de asfalto y concreto, piden dinero, venden chicles, tocan puertas muy cerradas, para ellos sólo hay rendijas; malabaristas tanteando a la gravedad y vagabundos preparando su rincón de ciudad para esta noche. La globalización tiene muchos tonos; es selectiva, dice Canclini, permite que en una misma ciudad abunde un gran abismo de desigualdades entre los incluidos y los excluidos, los carentes de trabajo, salud, educación, vivienda.

Ya con el cielo estrellado regresa a casa luego de todo un día lejos de ella. Prende la televisión y practica la moderna acción del zapping. Se detiene en MTV, luego de exponerse a dos videos de bandas roqueras gringas observa una cápsula llamada “Noticias MTV”, promocionan el DVD de Live8, nueve conciertos simultáneos en distintos continentes transmitidos en vivo a más de dos millones de teleespectadores, que buscan crear conciencia sobre la pobreza extrema que mata cada día a un gran número de niños y adultos alrededor del mundo.

MTV, con un proyecto globalizador que integra diversas estrategias para insertarse en la industria del entretenimiento de diversos países para enriquecerse de la difusión de un estilo de programación juvenil muy estandarizado y como integrante del gigante corporativo americano Viacom, encarna la idea de lo pseudoalternativo –por  llamarlo de algún modo. Su fórmula le permite exportar y difundir a nivel global música estadounidense penetrando en un mercado principalmente joven por medio de estrategias que logran, como dice Kalle Lasn en su libro Culture Jam, empaquetar de manera conveniente lo establecido junto con la resistencia.

Vuelve al zapping y de nuevo se detiene, esta vez en el noticiero de Televisa, muestran un gran número de noticias de una manera bastante sintética, el conductor habla con una voz dramática y muchos de los reportajes están altamente editados con música de fondo, todo un espectáculo. José aprovecha el corte comercial para lavar platos, escucha publicidad del gobierno federal, de la cámara de senadores y de instituciones como el IMSS, mensajes que no dicen nada, palabras huecas y parciales.

Las fronteras del mercado se expanden y penetran en las actividades cívicas tanto en México como en Estados Unidos, Perú y Alemania. “El ciudadano se convierte en consumidor”, dice Canclini, gobierno, partidos políticos, instituciones, candidatos, todos se vuelven productos. La nueva “política ficción” –como  la describiera Salinas de Gortari en alguna ocasión–, al igual que el mercado, lleva a cabo un plan de marketing en el que, según Van Zoonen,  se investigan los mercados (ciudadanía)  que interesan al político para determinar la publicidad política más apropiada para captar votos.

Así, noche tras noche, José se entera, como muchos otros teleespectadores, del diario acontecer en el ámbito nacional e internacional por medio de noticieros en los que predomina lo que diversos teóricos definen como inforteinment. Las noticias se convierten en un espectáculo que enfatiza en lo más llamativo y no en la esencia, pretende brindar treinta minutos de realidad “ficcionada” que excluyen la profundización y el razonamiento.

Termina el noticiero y la dosis nocturna de televisión, apaga el aparato y se va a dormir. Avanza, avanza, termina, le volvió a anochecer. Un día más en la urbe, horas de un cotidiano intercambio de lo global y lo local, un constante entrar-salir. El fenómeno de la globalización y sus efectos es una realidad latente en la que acontece la vida, no resulta muy difícil encontrar similitudes entre lo que los estudiosos del tema plantean y lo que ocurre en la vida diaria de José.

Entre prisas, pavimento y el acelerado paso sol a luna, noche a día, urge una pausa, un respiro, una tregua al tiempo, una oportunidad a la vida, un momento para voltear a lo que nos rodea y adquirir conciencia del ritmo de vida, del estilo cotidiano que nos rige, de nuestros consumos y lo que nos consume, de nuestras aspiraciones, oportunidades y límites. Hacen falta minutos con sesenta segundos que nos permitan darnos cuenta de quienes somos y para qué estamos aquí, para asimilar la realidad como una vastedad de verdades, opciones, visiones, fondos, formas, ideas, mentalidades… mezcladas entre sí en infinidad de formas.

Dice Meleagro: “Todos habitamos en un solo país, oh extranjeros, el mundo.” Esto implica un nuevo reto que requiere el uso de la razón, la reflexión y la emoción humana para comprender nuestro papel como humanidad, para comprender que la realidad no se puede clasificar en dos categorías, que las diferencias e igualdades conviven día con día, que en medio de todas nuestras contradicciones podemos llegar al entendimiento. Para comprender que somos morusas de esta gran migaja que llamamos mundo,  en la que estamos todos conectados y expuestos a dar, recibir, perder, ganar, afectar, ser afectados, tenemos la oportunidad de ser humanos y aportar algo a lo que sea que esto significa. José ronca y sueña que va en un camión urbano rumbo a sitios mágicos. Hasta mañana.

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